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miércoles, 6 de febrero de 2013

Otra tarde, la misma lluvia





Tarde de otoño, fría, gris y con viento. El cielo tiene ese color plomizo que anuncia que el sol se mantendrá retirado por un prolongado período. Las nubes se mueven como en cámara lenta. Los remolinos de hojas se esconden en los rincones. Todo es ocre y gris. Con mayor o menor intensidad, pero esos son los colores imperiales de la calle en esta época.
La tarde comienza paulatinamente a oscurecer, nubarrones negros, grises, blancos, pulalan por el firmamento. Un torbellino corre libremente por las aceras, jugando con las hojas, ensuciando las veredas con la mezcla de tierra y basura, ensañándose con los umbrales.
La tierra seca siente las primeras gotas que cae abruptamente, pocas, gigantes, violentas. Escucho el ruido en el techo, como si fueran piedras. Miro por la ventana, el agua resbala por el vidrio como si fuera una caricia. Desciende en una carrera desenfrenada, cada vez más rápido, más fuerte, como si tuviera bronca. Un enojo que se transforma en un monstruo. Los truenos aterran a los perros que ladran para esconder el miedo. Me asustan a mí también.
Ya he presenciado esta lluvia, en este lugar, era otra tarde, hace muchos años, es como regresar en el tiempo, volver a sentir el mismo dolor que creí olvidado. En este momento compruebo que no, que está allí; como una espina clavada, esas que son difíciles de sacar, que al principio duelen siempre, luego sólo cuando la rozas, y eso es lo que me está pasando ahora. Los recuerdos se cuelan, primero uno, luego dos, y así hasta darme cuenta que estoy reviviendo aquel día. Ese que fue tan horrible, el que no quisiera volver a vivir nunca más. Pero sé que habrá otros momentos, se repetirán muchos otros.
El cementerio, gris como hoy, oscuro, triste como todos. Y yo ahí en ese auto que me llevaba para dejar en un agujero a mi ser más amado, al que le había dado mi vida, con el que pensaba envejecer y ni siquiera pudimos festejar más de un aniversario. Recuerdo que pensé cuántas otras muertes vendrían después, allí termina la vida, ese lugar donde sólo se depositan cuerpos, porque según dicen, el alma va hacia otro lugar, en ese momento quise creer que eso fuera verdad, que lo volvería a ver en algún lugar como un fantasma.
Otro trueno me devuelve a la realidad, veo los chicos corriendo por la vereda, como si el actor de correr evitara que no se mojaran, y los perros siguen imitan sus movimientos.
Está anocheciendo, la tormenta está terminando, esa terrible tormenta da paso a una fina llovizna, esas que te mojan hasta los huesos, y así seguirá vaya uno a saber cuántos días.
Es tarde, tengo que terminar lo que estaba haciendo que ahora ni siquiera recuerdo.


Mi tumba me abandonó







Al igual que todas las noches, al caer la tarde, en el momento que el sol ya no deja siquiera un rayito de luz, salí a estirar las piernas, eso de pasar el día bajo tierra entumece los músculos, molesta la artritis; pero lo peor de todo son los gusanos y otros insectos que rondan por doquier y realmente es lo que más me enerva.
Caminé por mis rincones favoritos, me choqué dos veces con dos o tres murciélagos que al igual que yo querían disfrutar un poco del aire fresco, en la quietud de la noche.
Miré el cielo estrellado. Aquí n este campo santo no hay más luz que esas pequeñas chispitas brillantes y esta noche hay una luna llena hermosa y enorme.
Vagué durante horas, limpié un par de lápidas llenas de telarañas, no hay nada más triste que verlas sucias abandonadas.
Fui hasta las orillas del río, admiré sus hermosas aguas profundas y oscuras, sentí el olor de las flores que durante la madruga despiden una fragancia tan agradable. Los mausoleos monumentales, con sus estatuas guardianes del descanso de los que allí moran. La quietud y el silencio hacen que estas caminatas diarias llenen mi espíritu de tranquilidad y paz.
Cansado ya de caminar regresé a mi tumba y cuál fue mi sorpresa al comprobar que ya mi lápida no estaba, esa misma que mis familiares habían colocado con tanto cariño y la que limpiaban con tanto esmero los sábados cuando me visitaban. Ni siquiera la marca en la tierra quedaba y lo peor era que también había desaparecido mi tumba. ¿Dónde dormiría, a qué lugar mi esposa e hijos harían honor a mis restos? Busqué con la mirada, y nada quedaba allí, se habían llevado todo, hasta el cajón. ¿Quién podría querer una tumba vieja y apolillada? ¿En qué momento fue que se lo llevaron? Pensé si había escuchado algún ruido al irme, algo fuera de lugar pero claro mi memoria ya no es la misma. Tal vez mientras yo partía esos dueños de lo ajeno cometieron su fechoría.
¿Y ahora? ¿Dónde descansaría? Pensé en pedirle un lugarcito a mi vecino, buscar espacio en algún mausoleo o cripta que son lugares espaciosos y allí descansan muchos, el problema es que son todos familiares quién sabe si querrán alguien desconocido, algunos los conozco de vista, pero quién sabe, la aristocracia es tan sectaria que quizás no permitan que un humilde abogado descanse junto a ellos.
Grande era mi desesperación, recordé a Martita mi esposa, cuál sería su expresión cuando el cuidado le diga que ya no estaba mi tumba, ¿dónde llevaría ella las flores que con tanto amor deposita cada sábado desde hace 10 años?
¡Qué tristeza sentí! Sin poder explicar lo inexplicable, comencé a buscar por un lado y por otro, intentando hallar alguna pista que me llevara a un culpable.
Mi angustia era tan grande, tan hondo mi dolor, que en ese preciso momento comprendí que había confundido el camino y estaba del otro lado del cementerio.

Un besito a todos.





Camino







Era viernes por la noche, sabía que tenía que ir, pero no me terminaba de decidir. Daba vueltas, ordenada cosas que estaban en su lugar, juntaba algunas prendas que habían quedado arriba del sofá.
En un determinado momento me dije “es la hora”, en ese momento el reloj dio las 12 campanadas,  lo odiaba, por las noches ese ruido me asustaba, en ese momento me sobresaltó como nunca y recordé lo que decía mi abuela “las 12 de la noche es la hora de las brujas” sentí un escalofrío y como los pelos de mi nuca se erizaban. Pero tenía que salir. Me puse la campera, la bufanda, el gorro y me puse los guantes mientras salía al oscuro pasillo que me llevaba a la calle. 
Caminé tan rápido como pude, por momentos escuchaba pasos, pero al darme vuelta no había nadie, sólo el frío y yo. Pero ese invierno calaba hasta los huesos, me acomodé más la bufanda, subí el cierre de la campera, pero era imposible, seguía congelándome.
Al llegar a la tercera cuadra un gato negro se me cruzó en el camino, y dio un grito espeluznante, y sentí que se me paralizaba el corazón. Sus brillantes ojos se clavaron en los míos y los dos nos quedamos estáticos, mirándonos a cierta distancia, con temor, y desconfianza. Lo esquivé y seguí.
El cielo comenzó a cubrirse de nubes oscuras, y la luna alumbraba cada vez menos, las calles que me faltaban no estaban precisamente iluminadas, “era lo que me faltaba” pensé, pero ya no había vuelta atrás, debía continuar, además qué ganaba con volver mañana debería volver a hacerlo, así que era mejor ahora que ya estaba en camino.
Unas gotas comenzaron a mojarme, una fina llovizna, sentí como si el sendero se hiciera cada vez más largo, los pies me pesaran.
Escuché una risa burlona, como si una persona demente se estuviera escondiendo en alguna esquina esperándome. Crucé la calle, no había un alma por ninguna parte. ¿A quién se le ocurriría salir con una noche así, fría y lluviosa? Mis pasos se duplicaban en el eco del silencio.
Y faltaba tanto todavía, ¿cuántas calles más? Y ni se me ocurría ir por el atajo, si las calles estaban tenebrosas, cuánto más ir por ese callejón que era ya solitario en las mañanas de sol. Seguir caminando no me quedaba otra alternativa.
Pronto fueron desapareciendo las casas, quedando cada vez menos, conforme avanzaba, y el bosque comenzaba a ganar terreno, un búho se asomó en una rama, su ulular me sobresaltó aún más, en una cabaña se apagó la luz, y a lo lejos sentí el aullido de un lobo, ¿un lobo? ¿Desde cuándo había lobos por este sitio? Caminé más deprisa, otro lobo, y otro, sentía que estaban cada vez más cerca, y que había mayor cantidad de ellos. Casi corrí.
Ahora se divisaba la casa, enorme, fantasmagórica, oscura, allí en el medio de la nada, como desafiándolo todo.
Reanudé la marcha, si lo hacía rápido llegaría, pero no quería hacerlo, no sabía que era peor si estar allí afuera o llegar. Pero si me quedaba un minuto más quieta me congelaría, así que continué.
Abrí la reja, que hizo un ruido a hierro oxidado horrible, caminé por el sendero que en otros años estaba lleno de flores y colores, ahora sólo había pasto, árboles abandonados, secos, el buzón caído a un lado, y más pasto. Las ventanas casi sin vidrios, los postigos desvencijados, la puertas caídas. Y desorden por doquier. Al llegar empujé la puerta, y allí estaba como siempre, sentado en su sillón y esa horrenda mirada, era él, y no dijo nada como siempre.




martes, 16 de marzo de 2010

No se deja de olvidar por decreto.





Inevitable recordar aquel día que todo se transformó en un caos y al mismo tiempo las almas se hunieron para siempre.
Una tarde con aquel grupo que tantos proyectos en el aire habían trazado comenzaron a idear el sueño que los unió, tender manos para ayudar a aquellos que lo necesitaban.
Fue difícil encontrar el lugar, era todo un lío, descubrir de donde sacarían el dinero para pagar los gastos, pero estaban a un paso de concretar tantas charlas, ideas, planeamientos y ahora por primera vez parecía que se hacía realidad.
Horacio encontró una casa destruída y allí empezaron. Alguien donó pintura, otro descubrió un albañil que estaba dispuesto a donar su trabajo, los vecinos regalaron mueblos que no utilizaban y hasta se podía crear una pequeña biblioteca.
Mucho fue el esfuerzo, tardes de mate, trabajo, limpieza, iban hacia la materialización de los sueños.
Durante tres meses todos bregaron por terminar.
Pero el día de la inaguración unos vandalos lo destruyeron todo, llenaron las paredes de grafitis, ensuciaron los pisos.
Cuando Juana llegó no podía salir de su asombro, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, qué les diría a los demás, cómo avisarles que todo estaba arruinado. No había forma de inaugurar nada.
No se podía mantener en pie, temblaba de pies a cabeza. Se sentó en el suelo, y lloró amargamente. Lo que estaba a un paso de realizarse se había caído, alguien pisoteó los sueños, le preguntó a Dios ¿por qué? Como si acaso El tuviera alguna respuesta o algo que ver en eso. Sabía que no era así, que nada tenía que ver Dios en todo esto, pero será que cuando uno se enoja necesita preguntarse qué trae acarreado ese mal, y el primero que está a mano es Dios. Sintió un dolor en el pecho, las paredes comenzaron a darle vueltas y de pronto no supo cómo ni qué le pasó y vio todo negro. Cuando abrió los ojos estaba en una cama, un médico le tomaba el pulso y muchas caras amigas estaban a su alrededor.

El doctor la miró y sonrió:

- Qué susto nos diste!- dijo
- Qué paso?- preguntó ella sin salir del asombro
- Fue el corazón, la angustia pudo más que él, pero ya estás bien.
- No, no me refiero a mí, sino al albergue, qué le pasó?- preguntó con lágrimas en los ojos

Un murmullo llenó la sala e Ignacio tomó su mano y la apretó fuerte.

- Comenzaremos de nuevo. ¿Alguna vez algo nos impidió continuar? - dijo él con una sonrisa en los labios.
- Sé que no, pero ya estoy cansada, no tengo más fuerzas ni esperanzas- dijo ella llorando.

Una enfermera entró y los despidió a todos, a Juana le dieron un sedante y volvió a dormir.
Fuera sus amigos estaban preocupados si ella perdía la confianza no podrían seguir, el motor de este proyecto estaba en Juana.
Pasaron semanas hasta que le dieron el alta, pero Ignacio se dio cuenta que ya no tenía esa luz en sus ojos. Cómo poner en marcha todo con Juana de esa manera, cómo demostrarle que a veces se gana y otras no. No encontraba la manera y a diario mantenían largas charlas que terminaban en llantos de Juana y enojos de él. De pronto un abismo comenzó a separarlos. Ya no se entendían y no había manera de sacarla a ella de ese estado de esceptisismo en el que había caído. Llegó un momento en que se distanciaron las visitas, que era preferible no encontrarse.
Ella se quedó en su casa sola llena de desconfianza e incredulidad y él sin saber cómo construirle un puente.
Así pasaron los meses y fue como si Juana se fuera marchitando.
Un día cualquiera Ignacio no supo cómo entendió lo que sentía ella, cerró los ojos y el dolor que había en el corazón de ella se hizo tangible y fue allí cuando comprendió que todo lleva su tiempo que es necesario elaborar los duelos, dejar que el otro sienta el dolor sin querer erradicarlo por decreto.
Un año después se inaguró el albergue, como lo habían soñado, como habían deseado. La fiesta fue un éxito y con lo recaudado tendrían dinero para pagar 3 meses de alquiler y realizar algunos de los proyectos.
Juana e Ignacio estaban juntos, se tomaron las manos y en un gran abrazo se dijeron gracias por la paciencia y lo que habían aprendido. Nunca se pierde la esperanza, a veces se duda de la fe, pero se soluciona con tiempo y paciencia. No se puede obligar a nadie a dejar de sentir lo que está en el corazón.




sábado, 13 de febrero de 2010

San Valentín.







Después de un rutinario día, cansada de escuchar pacientes de las prácticas, asistir a clases, hacer compras, viajar en subte y colectivo, caminar 15 cuadras, había llegado a casa. La recibieron su gata y la perra que eran la única compañía que se permitía desde hacía bastante tiempo.
Ya no tenía ni tiempo ni ganas para el amor. Demasiado dolor y el corazón salía muchas veces lastimado.
Había elegido psicología para entender el inconciente humano, quería ayudar a los demás a estar mejor con ellos mismos, aunque no la ayudaba mucho a ella, pero insistía.
Retiró el correo y mientras caminaba encontró un sobre en blanco lo abrió llena de curiosidad y dentro había una hoja que sólo decía "anata ga suki desu" maldijo para si, esas palabras que había escuchado hacía tiempo, que no quería volver a leer, ¿quién le estaba tomando el pelo?
Lo puso en la cartelera no sabía para qué, pero era un regalo y tal vez no procedía de nadie malvado esta vez.
Encendió la música fuerte como siempre, como cada día para escuchar esos temas que tanto le gustaban. Ya era tarde y nuevamente vendría la señora de abajo a protestar.
Abrió la heladera, se preparó la comida, le sirvió a sus animales y cenó. Como única compañía el el televisor.
Al regresar al día siguiente un ramo de flores espera en la puerta de su departamento, sin tarjeta.
Esto se estaba tornando un misterio divertido.
Cada día durante un mes hubo un regalo. Los fue poniendo uno a uno en la mesa de noche para imaginar que tenía un amante secreto y rió. "Que se mantenga así", pensó, no quería otra cosa más que saber que alguien en un lugar del mundo pensaba en ella.
Pero ese día sólo encontró una nota que decía: " invitame a entrar". Bueno parecía que el misterioso señor tenía otras intenciones y se escuchó reir.
Qué extraño misterio seguiría a todo esto, sus pacientes la notaron contenta y así se sentía, desde ya había olvidado cuánto tiempo no se sentía así de feliz.
Llegó el viernes y no había nada esa noche, se desilusionó pero tampoco le dio mucha importancia.
Mientras se desvestía sintió un golpe en la ventana y no lo creyó, un muchacho rubio, de ojos marrones se encontraba del otro lado del vidrio. Lo miró, como si lo conociera, de otra vida pensó y volvió a reir ante la idea de tener un extraño en la ventana en el 8vo piso, ¿sería el hombre araña? y volvió a reir. Con miedo abrió la puerta pero él no entró, entonces recordó aquella última extaña nota, y lo invitó a pasar.
Se quedaron allí mirándose, recordó sus libros favoritos y pensó para sus andentros que no podía ser verdad, lo desechó con la poca lucidez que le quedaba.
Caminó hacia la cocina y el joven la siguió, le sirvió café, y volvió a recordar los cuentos, entonces tomó una taza sólo para ella.

- ¿Sos un vampiro verdad?

El asintió en silencio mirándola a los ojos y suavemente dijo:
- Te escuché, oí tus lágrimas, sabía que me esperabas, pero no sabía cómo llegar a vos. Te veo dormir cada noche, desde allí afuera, conozco de memoria tu rutina y sé que de pronto estás feliz.

- Si es verdad tus regalos me devolvieron la alegría. No por los regalos, sino por el hecho de saber que hay alguien que piensa en mí.

El se adelantó unos pasos y la besó.
Su boca era suave y fría y sus manos más frías aún.
Lo que siguió fue como lo esperaba, como lo había imaginado desde que leía historias de vampiros.
No quería dormir, mañana era sábado y no tendría que levantarse temprano y no quería dormir, desperta dándose cuenta que todo aquello era un sueño.
Hablaron horas y horas hasta que llegó el amanecer y sus ojos no pudieron soportar más la vigilia y cayó dormida.
Al desperta miró la cama y no había nadie, ni olores, ni nada que dijera que él había estado allí.
Pero una rosa en la almohada le hizo saber que no había sido un sueño, o tal vez si, el mejor de los sueños porque aquello que deseaba se había vuelto realidad.
Se levantó lavó sus dientes y cuando fue a desayunar descubrió el almanaque era San Valentín y aunque jamás creyó en los días comerciales. Ese era su mejor regalo: "Un vampiro para San Valentín."




"Y así el león se enamoró de la oveja.
Qué oveja más tonta.
Qué león más morboso y masoquista."



martes, 19 de enero de 2010

Se marchó...



En un rincón oscuro y callado del corazón, tenía una pena que no podía curar.
A pesar que todo a su alrededor parecía maravilloso, él en su interior sentía mucho dolor. Y de nada servía el alcohol, los calmantes ni los antidepresivos.
Se encontraba mortalmente herido.
Hacía mucho que no sentía una sonrisa desde adentro. Esa que cuando joven salía espontáneamente. La que contagiaba a sus compañeros. Las payasadas que despertaban risas.
Todos intentaban ayudar, pero los consejos que escuchaba no servían para nada. Olvidar por decreto, no era la solución. Tampoco hacer de cuenta que no había ocurrido. Porque los recuerdos estaban allí, lastimando una y otra vez, golpeando en su cabeza durante todo el día y por la noche las pesadillas lo atormetaban diariamente.
No sabía cuándo empezó a sentirlo, pero estaba seguro que en un principio era sólo una pequeña rendija, que con los innumerables sufrimientos se fue abriendo. Los daños contribuyeron con eso, desprecios, traiciones, aversión, indiferencia. Él sólo quería que lo amaran.
Ahora no lo podía cerrar, no sentía felicidad porque ese agujero estaba allí y la dicha se escurría como un puñado de arena. Y casi no se animaba a tener nuevos sueños.
Estaba seguro que no podría volver a tolerar que lo maltrataran, que le contestaran mal. Amar para que luego lo abandonaran, era algo que ya no estaba en sus planes, se apartaba más y más del mundo.
Lentamente perdió los sueños, se olvidó de la esperanza, no hubo lugar para las ilusiones.
Se atrincheró, dejando fuera ilusiones, pensando que tal vez la locura de no saber nada, fuera borrando todo ese horror.
Y un día cualquiera partió para descubrir nuevos mundos buscando aquello que había olvidado, esperando construir un refugio para no padecer esa tortura.¡ Cómo quería olvidar!
No lo he visto nunca más, no vi su lánguida figura escurrirse por las calles, mirando el suelo, evitando contacto con la humanidad.
¿Será que habrá encontrado lo que buscaba? ¿En qué universo caminará? Tal vez su dolor ha pasado, quizás haya encontrado la feliciad.

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sábado, 19 de diciembre de 2009

El duende de la Navidad




Hola!! Cómo están?? Mi nombre es Capithú y soy un hada, vaya uno a saber por qué el hacedor de todo, me dio no sé cómo llamarlo, si la virtud o el defecto de ser perfeccionista. Sé que esto les molesta mucho a las otras hadas, porque incluso me fastidia a mí. Pero juro, que es imposible evitarlo.
A mí forma de ver y entender, las cosas tienen que ser como debe, sino me siento frustrada.
Y es así que este año comencé a aflijirme cuando tomé conciencia que no iba a nevar para Navidad.
Andaba por el bosque disgustada todo el día porque una Navidad sin nieve no es Navidad.
Hasta que me encontré con el hada más anciana de nuestra comunidad que preocupada me invitó a su casa para charlar.
Ella me contó una historia que me hizo cambiar mi forma de ver las cosas y quiero compartirlo con ustedes.
Me habló del Duende de la Navidad. Muchos lo llaman Papá Noel, Santa Claus, pero es un pequeño duendecito con barba blanca y una enorme barriga, muy pequeño por cierto, al que le encanta ayudar a las personas. Dicen que un día decidió cumplir los deseos de todos aquellos de buen corazón y eligió una fecha que se fue cambiando con el correr del tiempo.
Todas las personas del mundo estaban felices de que aquello que deseaban en lo más profundo de su ser se hiciera realidad. Y él estaba loco de contento de verlas radiantes. Claro a veces no podía cumplir algunos deseos ese día pero tarde o temprano se realizaban.



Pero he aquí, que los años pasaron, también los siglos, y la humanidad, se fue olvidando que lo importante no eran las cosas materiales sino lo que uno deseaba en el alma. Entonces el día de Navidad, se transformó en un día comercial.
Cuál fue la tristeza del gnomo cuando comprendió que nadie pedía paz, ni amor, ni reconciliación, y lo que era peor, tampoco le habían enseñado ni traspasado la tradición a los nenes, que solicitaban juguetes y aquellas cosas que ofrecían los comerciantes.
Pero sucedió que una noche antes de Navidad, el duendecito comenzó a ver unas luces que brillaban en todas las ciudades, consultó con otros amigos y le dijeron que eran los corazones de aquellos que seguían creyendo que el espíritu de la Navidad era para amar y dar, para compartir y reunirse con aquellos que uno ama. Eso lo alegró tanto que volvió a sentirse feliz y a tener esperanzas.
Desde ese día el Duende de la Navidad, ve brillar los corazones, escucha qué es lo que quieren y vuelve a su ritual de satisfacer los deseos.
Entonces el hada ansiana me dijo: " Capithú, si sólo te preocupas por las cosas que no tenés, o si todo aquello que te importa es lo material, el Duende no podrá escuchar tu corazón".
Por eso este año, me olvidaré que no habrá nieve en el bosque y desearé con toda mi alma, que la humanidad recuerde el Espíritu de la Navidad, para que el duendecito esté feliz.
Y los invito a todos ustedes a pensar en esta época como un tiempo de amor, de agradecer lo que tenemos, de no pensar en lo que nos falta, para eso está todo el resto del año.
Tiempo para perdonar y amar, para unir nuestros corazones con aquellos que no están o están muy lejos, ser sinceros, arrepentirnos y desear cosas maravillosas para los que nos rodean.
Y nunca olvidar que el Duende de la Navidad nos dará aquello que pidamos con el alma.

Feliz Navidad en cada corazón!!!!






miércoles, 23 de septiembre de 2009

El Juicio


Esa mañana se sintió cansada, hacía tiempo que luchaba duramente el deseo de abandonar ese don natural que le había dado la vida, más de una vez se dijo que era mejor dejarse.
Acaso de qué servía ser bruja si no podía leer su propio destino, tener poderes que no podía manejar.
Pero ese condenado día, se le habían acabado las estrategias mentales para estar bien. Luchar contra la injusticia era una batalla que ya había perdido hacía mucho. Nunca supo si fue el día que la horda de brujas la juzgó por ser diferente pidiéndole que se asemejara a ellas, o tal vez cuando sus familiares la desterraron de su lugar de residencia, o tal vez el día que el brujo que le enseñaba cómo manejar sus poderes, le sugerido como al pasar que la había acogido por lástima. Y podía seguir enumerando las eternas imparcialidades, pero ya se las sabía de memoria y nunca sabía cuándo habían comenzado, ni tampoco como fue que comenzó a perder. Sólo sabía que estaba siendo vencida invariablemente.
Y ahora un nuevo juicio sobre algo que creía olvidado, que lo tenía negado dentro de su cabeza y de pronto sin aviso previo, la inquicisión había vuelto. ¿Acaso eso no era parte también del pasado? Creyó que no, cuando la sentaron ante el tribunal, sin abogado, sin deseos de escuchar sus explicaciones, simulando un proceso, una farsa inventada, cuando ya la sentencia estaba dictada antes de ser escuchada, sin importarles que decía la ley al respecto porque ellos se se creían con derecho de convertirse en sus jueces, claro sin otro código que el que se establecía ahí en ese recinto.
De golpe se sintió otra vez jugando a ser su propia abogada, dando explicaciones sobre su intimidad, que por otra parte a todo ese grupo de estúpidos ni siquiera les importaba. La idea era enjuiciarla, por lo que suponían la habían denunciado.
Se escuchó decir no hay denuncia, aclar lo imposible, porque tampoco estaban allí los registros de aquello que ya había dado por cerrado, no encontraba dentro de su cabeza, las palabras exactas de lo que estaba escrito en el juzgado.
Igualmente no importaba ya estaba dictada la sentencia, y sería expulsada de un lugar del cual hacía tiempo que se había ido. ¿Entonces para qué todo este circo?
Los miró uno a uno a los ojos y les dijo en la cara que cómo pretendían confianza cuando nunca la habían dado, y venían a su cabeza insultos a los sentenciadores, pero prefirió callar. Y fue allí cuando se iluminó su mente y comprendió que ya había pasado por eso.
Entonces se relajó, era inocente. ¿Qué podría explicarle a esos ignorantes? Estaba allí para hacer las cosas bien, pero con ese tipo de personas, que creen poder entender aquello que no saben, era imposible. Esperó en silencio, escuchó el veredicto y con la frente en alto y una sonrisa en los labios, se retiró.
Esta vez había ganado ella. No le importaba lo que ese grupo de brutos pensara.
Volvió a pelear con ella misma, el atropello había sido llevado a cabo y estaba cansada de todo ese juego.
Y se dijo mil veces que no aprendía nada.
Tal vez la próxima vez mirara con otros ojos donde se metía, tal vez en otro sitio no usararía sus poderes sin que se lo pidieran.

Aldhanax

viernes, 18 de septiembre de 2009

Diario de niños



Eramos como pequeños enanos, unos duendes extraños, que no entendíamos de tiempos, de lugares, de sexos, ni edades.
Frecuentábamos amigos imaginarios, como los ríos, caracoles, pájaros. Aquel estanque donde nos reflejábamos, donde todo era hermoso, nos sentíamos seres perfectos, obra de la creación, esa creación divina que advertíamos en el campo, aquellos mecanismos que se movían sincronizadamente, máquinas brillantes.
Recorríamos todo como alondras volando, cual pedacitos del verde campo, mariposas transparentes, libres tan infinitamente libres como el sol que cada mañana despierta porque quiere o como la luna que algunas semanas se toma vacaciones.
Hubo tardes de lluvia parados en la galería, viendo como se formaban charcos que transformábamos en pequeños ríos hacia otros más grandes,abríamos canales que se conectaban entre sí, hasta desarmarse en el gran estanque, que a nuestros ojos, era un mar quieto, aunque nunca hubiesemos visto el mar.
No era como el río que nos traía sus historias de deshielos en sus piedras redondas de tanto trayecto, los peces que cada año eran distintos, los tesoros acarreados que siempre lográbamos encontrar en el fondo de sus aguas cristalinas.
Era nuestro hogar, tardes tirados boca arriba soñando como llegar al cielo, pensando cómo imitar a los pájaros, contemplando las nubes y buscando formas conocidas entre ellas. El cielo un lugar extraño de colores diferentes.
Descubrimos animales que no sabíamos de su existencia, caballos enormes que nos hacían sentir reyes y princesas sobre ellos, con los cuales nos gustaba correr, charlar. Podíamos alimentarlos con zanahorias y buscar pasto en el campo. Sus ojos eran enormes y descubríamos toda la profundidad de sus conocimientos, podíamos entender que sabían nuestra historia, que percibían nuestras tristezas y alegrías, eran compañeros perfectos para las mágicas aventuras. Libres, de enormes orejas, que corrían y no alcanzábamos aunque cada día nos repetíamos que mañana sería mejor. Suaves, marrones, lejanos, desconfiados, pensábamos que no sabían como acercarse, pero que tampoco querían aprender.
Un día tuvimos nuestras mascotas que fueron creciendo lentamente sin darnos cuenta, llegó un gatito una tarde, perdido y asustado, con ojos traviesos y orejas pequeñas, un ovillo de pelos, que gritaba y reclamaba alimento y afecto. A mamá no le gustó la idea pero supimos donde esconderlo y allí se quedó en el enorme granero donde las vacas dormían y ellas le dieron un lugar al pequeño. Construimos una casa, nos turnamos para alimentarlo y quererlo. Se llamó Sam por idea de mi hermana y lucía un hermoso moño azul con una cinta que nos regaló la abuela.
Luego llegaron cuatro gatitos más que fueron agrandando nuestra casa y una tarde tío Juan trajo a Tony y Marilú, dos perritos muy chiquitos que habían sido tirados al río para que murieran, estaban mojados y con frío. Mamá como de costumbre protestó, dijo que no se quedarían mucho tiempo, nosotros no la escuchamos, los llevamos al granero, los secamos, les dimos leche caliente y los llenamos de mimos y caricias.
Las tardes de invierno con ellos eran un placer, encerrarnos horas jugando, viendo como peleaban unos contra otros, como cada uno tenía su temperamento y su simpatía, como de pronto comenzaron a ser parte de la familia y todos juntos nos tirábamos panza arriba a ver las estrellas por la noche, jugábamos a las escondidas y como todo era un sueño perfecto donde todo era hermoso y extraño.

Esto lo escribí hace mucho tiempo. Era un libro para mi hija lo empecé cuando estaba embarazada, ya mi hija tiene 18 años y creo que queda una parte en algún lugar. Tal vez algún día lo retome. Espero les guste.

Aldhanax

martes, 15 de septiembre de 2009

Siempre niña


Y un día se dio cuenta que había crecido, que ya no era la niña que fue y que muchos sueños se habían perdido en el camino.
Luchó por no dejar de serlo, se negaba a ser una adulta seria y aburrida, criticando todo o hablando de política y eso no le interesaba.
Quería seguir jugando, sin más responsabilidad que ir a la escuela y sacar buenas notas.
El mundo de los grandes la asustaba.
Sabía de memoria que no se podía faltar a las cosas complicadas y que cuando tuviera un problema no podría correr a que sus papás fueran a hablar con su señorita.
Entonces cerraba los ojos y recordaba cómo era todo antes de crecer. Buscaba respuesta a lo que le habían dicho de cuantas cosas podría hacer cuando fuera grande y no pasaba nada.
Al contrario de aquellas promesas, comprendía que la vida se complicaba.

No tenía más amigos que antes, tampoco tenía tiempo, todo era trabajar y trabajar.

Había complicadiones que no fueron contadas y que a los grandes les importa más el dinero que los sentimientos.
Se negaba, llegaba del trabajo cansada y sin ganas de hacer más nada que dormir.

Esa maravillosa realidad que se suponía llegaría con la adultez se nega a aparecer. Y para colmos, se sufría más, uno se enamoraba, y más de una vez rompió un corazón, porque ella no sentía lo mismo.
¿Qué hacer? ¿Cómo volver a ser pequeña otra vez, si eso no se podía?
Hasta que una tarde al bajar del subte lo descubrió, podía ser adulta y lidiar con todo eso aburrido, con obligaciones que no había pedido pero que estaban allí esperando por ella, pagos que hacer, conflictos que resolver, un analista que la esperaba dos veces por semana para recordarle que no se podía evadir la realidad.
Pero ella había encontrado la respuesta a todas sus preguntas.
Era tan simple, tan sencillo, que sonrió y se sintió feliz.
Podría ser lo que todos esperaban de ella, pero nunca dejaría de ser niña por dentro y al que no le gustaba mala suerte.

Ella iba a volver a ser la que había sido, así de simple, sin vueltas y sin más.
Caminó por la calle comiendo su dulce rosado de azúcar aunque todos la miraran extraños, y se metió en el cine a ver una peli de niños, super linda.
Era hora de dejar de pensar en los demás.

Aldhanax

martes, 8 de septiembre de 2009

María no tiene...


Mientras los fuegos artificiales brillaban en el cielo en la gran ciudad, la gente festejaba chocando las copas y brindando hasta embriagarse. En un lugar muy lejano y humilde, María, con nombre de virgen tejía sus sueños.

En esa choza que fue su nido, allí donde nació y creció, jugando con perros y ordeñando vacas. Buscando sapos a los que llevaba al estanque que había creado para ellos. En ese lugar que era su mundo, donde las estrellas brillaban más que en ningún otro sitio, y los grillos acunaban sus sueños con hermosas serenatas.

María miraba las estrellas, no conocía de fuegos de artificios, ni de ropas caras, de zapatos de moda, ella usaba alpargatas blancas como la nieve y vestidos de flores que con sus manos cansadas le cosía su mamá.

Ella seguía en la madrugada a su papá, cuando se levantaba antes que el gallo. Lo acompañaba y preguntaba, su vida era todo por qué? y así descubría cómo funcionaba la naturaleza. En ese sitio tan lejos de todo y tan cerca de sus grandes tesoros.

Hilvanaba nubes que eran ovejas, y dragones que se formaban con el viento. Se bañaba en los rayos de sol y corría hasta que su corazón latía tan rápido que no lo podía controlar.

No había tenido hermanos, pero en su lugar estaba su perro que la acompañaba en las eternas caminatas a la laguna, una oveja que le regalaron una Navidad, que tal vez era para otra cosa, pero se quedó a vivir con ella, a la que le daba pastito todas la mañanas. Una muñeca de trapo hecha por su abuela, y todos los pájaros que volvían cada mañana en busca de las miguitas que ella le dejaba.

No sabía de juguetes, pero tenía tantas otras cosas que le llenaban el alma, un par de vecinos con los que corrían carreras, hacían fogones para alejar el frío, contaban historias de terror que no la dejaban dormir de noche, pero el miedo se iba rápido cuando todos sus animalitos la acompañaban.

María no conocía la ciudad más que para ir de paseo, pero tenía una ciudad interna que la dejaba rendida cada noche en su cama de heno.

María deseaba permanecer por siempre en esa casita que era su lugar.

Tal vez no tuviera muchas cosas, pero tenía lo que algunos envidiaban, un casa a la que podía llamar hogar, donde era feliz, amada y malcriada. Allí en ese lugar donde era princesa como esos cuentos hermosos que leía cada noche junto a su papá y mamá.




viernes, 4 de septiembre de 2009


Cielo azul y gris, con enormes nubes que bailan en el viento.
Suave briza que acaricia el rostro y lo besa sin frío, sin intención de hacer mal.
Sueño, que no deja abrir los ojos, que necesita seguir porque es hermoso, y no se quiere abandonar y darse cuenta que no existe.
Una música estridente que suena y grita a toda voz " ¡Es la mañana, arriba!".
Y no me da la gana, no quiero salir de ese lugar perfecto donde me perdí en la noche, en ese sitio increíble, tan irreal.
Me niego a despertar, no abriré los ojos. Seguiré riendo y jugando, descubriendo que en algún lugar las cosas son bellas.
El firmamento tan azul, el sol tan brillante, las mariposas rondando por todos lados, las risas, la alegría, los deseos hechos realidad.
No, hoy no despierto, me vuelvo al sueño y allí me quedaré, descubriendo que hay sitios donde todo puede ser perfecto.

Aldhanax

jueves, 20 de agosto de 2009

Mariposas


No creía en la felicidad y sin embargo diariamente luchaba por ser feliz.
Estaba totalmente convencido que algunos nacían con mala estrella y él era uno de ellos.
Desde pequeño había sufrido la pérdida de sus padres, su casa que la vio incendiarse delante de sus ojos.
Un hermano muerto, otro preso y la sucesión de hechos tan tristes que más de una mañana cuando sonaba el despertador no quería abrir los ojos, sobre todo si ese ensordecedor estruendo lo sacaba de los brazos de esa que en las noches lo hacía sentir que valía la pena esperar a la noche.
De mal humor abría los ojos, miraba la ventana con la cabeza apoyada en la almohada y se dejaba llevar por esos besos que aún tenía en la boca. Lo más doloroso era que no sabía si habría una próxima vez.
La felicidad es como una mariposa
, son bellas, sensibles, no se pueden atrapar y viven sólo un día. Y suspiraba.
Intentaba comenzar el día con una sonrisa porque estaba convencido que podría acallar al dolor y a la pena.
Cantaba mientras se duchaba para no darse cuenta que estaba solo. En la cocina lo esperaba la radio encendida y el olor a café y tostadas. Le dolía la espalda, eso de ser albañil ya no lo convencía mucho. Pero le faltaba poco para terminar la nocturna y luego la facu. Aunque en realidad si se ponía a contar no era poco.
Sus amigos le decían para qué sacrificarse tanto y él reía. Si de algo estaba seguro era que aunque se le fuera la vida iba a ser arquitecto.
La bici roja lo llevaba a todos lados y encontraba felicidad en esa sensación de libertad que le daba el frío en la cara.
Como todos los días saludó a todos los que se cruzó en el camino. Ya no importaba que Juan hubiera ido a jugar al futbol y se olvidara de invitarlo. Estaba acostumbrado a que no lo tuvieran en cuenta, así fue siempre.
Se rió para sí mismo y siguió pedaleando más fuerte!!!
Iba tan entretenido que no vio a la ancianita que iba cruzando la calle y casi la pisa. No escuchó los improperios que le dijo y sólo contestó:
- Tenga usted buenos días, señora!!! -y se rió. Siempre reía. Porque a pesar de todo se puede reir de la dolorosa realidad. Una psicologa le había dicho que reía para no llorar y no fue más.
Aunque no siempre era así, había mañanas que se levantaba pateando puertas y con ganas de putear a todo el mundo, porque no entendía por qué había pocos que tienen mucho y tantos que tienen tan poco.
Odiaba la estupidez humana, las preguntas imbéciles, a los que creían que la vida se vive por arriba no haciéndole caso a lo importante, a aquellos que decían que odiar era vivir menos o que si te olvidas del dolor podés seguir adelante. Y él les demostraba que con odio y dolor podía proseguir, con fe y esperanza. Estaba convencido de que cuando uno se olvida lo que le pasa luego le ocurren las mismas cosas. Aunque estaba consciente que a veces sus pensamientos se iban más lejos de lo que él podía manejar. Pero qué iba a hacer. Muchos días de furia la mejor forma de exorcisar el odio que sentía era imaginar matando a aquellos que le habían hecho mal y se reía cuando pensaba en lo que decían aquellos que creían de verdad en eso, justo él que no mataba ni una polilla, como esas que habían comido su pulover, ese azul que le había traído Daniel de Salta.
Y siguió andando, ¿por qué hoy el viaje se hacía tan largo?.
Un perro lo quiso morder.
El dueño del supermercado chino, lo saludó con la mano y lo llamó para charlar un rato como todas las mañanas, pero este día había muchas cosas en su cabeza para hablar de otra cosa y siguió.
Llegó al horrible bosque negro que todos le temían, y entró no iba a andar dando vueltas, ¿qué podía pasarle?. No iba andar creyendo en tonterías.
De golpe se cruzó con un anciano que juntaba raíces y se acordó de aquel cuento de chico y se detuvo.
-¡Buenos días! - dijo y comenzó a charlar con el octogenario. No tomó consciencia del tiempo, aquel personaje era increíble, sabía tantas cosas. Le regaló su almuerzo, a cambio el viejito le regaló una piedra, que guardó en su bolsillo.

- Que la luz te acompañe- le dijo y siguió buscando raíces.

Cuando llegó a la obra estaba cerrada, maldijo en voz alta. Ya empezaban los problemas como todos los días.
Se sentó a esperar porque ya le dolían las piernas. De pronto un auto negro con vidrios polarizados se detuvo y bajó un señor de traje que se presentó como el arquitecto. Se dieron la mano, conversaron un rato y le dio su tarjeta para que fuera a verlo porque tal vez tenía trabajo en la oficina para él.
Vino el capataz dijo que estaban de paro. Así que con bronca y pateando piedritas se fue a su casa.
En el camino se cruzó con la vendedora de flores que como todos los días lo invitó a tomar un café y esta vez aceptó.
Algo había comenzado a cambiar aunque la soledad estaba adentro. Aunque tal vez la tristeza prosiguiera, y todo lo demás quedara en su corazón por siempre.
Porque aunque las mariposas son bellas, sensibles, no se pueden atrapar y viven sólo un día.
Fin.


jueves, 9 de julio de 2009

Una princesa especial




En un país inexistente de un mundo irreal. Vivía una princesa llamada Jade. Al nacer un hada generosa le regaló el don de amar y rescatar a todas aquellas personas con problemas o soledad. Pero olvidó explicarle los detalles básicos de esa cualidad.
La pequeña princesa creció sabiéndose especial, tratando de dar amor a todo aquel que se acercara a ella. Ocupaba sus días consolando deprimidos, jugando con los niños, acompañando a los ancianos, llenando el palacio de animales vagabundos, curando las heridas del cuerpo y el alma.
Pero ella se sentía sola. El rey y la reina estaban ocupados con sus asuntos, casi no le prestaban atención a su hija, y ésta deambulaba buscando auxiliar a todo aquel que la necesitara que una vez restablecidos se marchaban.
Al crecer comenzó a renegar de su facultad, no podía entender por qué nadie la amaba a ella. Muchos príncipes se acercaban para ofrecerle su compañía, pero eran egoístas y ególatras, que pasado algún tiempo se daban cuenta que no serían el centro de la vida de Jade e iban en busca de otras princesas que los idolatraran y la pobre Jade se quedaba sola en el castillo suspirando de tristeza.
Cierto día llegó al palacio un soldado con una hermosa armadura resplandeciente y se enamoraron al mirarse a los ojos. Era tan grande el amor que sentían que ella sintió que le iba a explotar el corazón de felicidad, pero la armadura impedía que al fuerte soldado le llegara el amor tan profundo que por él sentía.
Ella luchó para que se quitara la coraza, pero le contestaba que debía estar preparado para las luchas cotidianas y nuevamente la princesa comenzó a sentir ese agujero en el estómago que era la soledad. Al irse a dormir se preguntaba qué había hecho mal, si cada noche repasaba mentalmente sus errores y trataba de enmendarlos.
Una tarde sentía tan angustia que se perdió en el bosque. Un hada que allí vivía se acercó a ella y secando las lágrimas con sus dedos le preguntó cuál era el motivo de tanta tristeza. Jade le contó del don, de todo lo ocurrido, de la soledad y de aquellos a quienes había amado, los que les dieron las gracias y partieron, aquellos que la lastimaron o hablaron mal de ella.
El desconsuelo ensombrecía el bello rostro de la princesa. Entonces el hada le explicó lo que que aquella otra había olvidado sobre su capacidad.
Se puede amar a todos, pero no siempre están preparados para recibirlo. y no siempre se rescata al que lo necesita. Algunos no desean ser salvados y otros disfrutan de eso sin hacer nada al respecto.
La esencia del don -dijo el hada- está en ofrecerlo sin esperar nada a cambio. No se debe insistir, se recibe o no, pero nada más. Si te lastiman es porque su alma es negra y jamás lo podrán percibir. Encontrarás algunos con tanta maldad, que les será imposible creer que haya personas tan buenas y generosas. Alejate de ellos. Dar amor es el regalo más maravilloso. No te tortures pensando qué fue lo que hiciste mal. Porque no siempre sos responsable.
Ahora, seguí amando. Tu caballero dejará pronto su armadura, cuando encuentre que la paz está en su interior.
Y el hada desapareció.
Desde ese día Jade ha encontrado la felicidad y sigue amando, sonriendo, jugando con los niños. Tiene el collar que le regaló el hada, que se oscure cuando un alma sombría se acerca, entonces ella se aleja y sigue por otro lado.
Pero sigue amando porque el amor es lo más maravilloso que se puede regalar.

martes, 23 de junio de 2009

El pueblo de Indor




Todo comenzó aquella mañana de invierno, fría y desolada cuando Arnoldo, el ratón valiente, recibió una misiva en la que le encomendaban rescatar al pueblo de Indor, de las garras del malvado Marloc.
No dudó un instante, preparó su pequeño ejército de ratones, castores, coballos y algún que otro conejo.
Se pusieron en marcha rápidamente, ya que les esperaba un largo camino. Antes de llegar a la aldea, d
ebían pasar por la casa de Gursina, la ardilla sabia, la única que estaba al tanto de lo que había ocurrido. No era cuestión de ir desinformado.
Cuando llegaron a las cercanías del poblado estaba todo abandonado y destruído. Un grupo de ratas grises se habían apoderado de él. Había dessperdicios y basura desparramados en cada rincón.
Algunos pobladores sin ánimo de luchar, pero que tampoco querían dejar su pueblo, decidieron acampar en las cercanías con la esperanza de que si se acababa el alimento, los sucios bichos se marcharían.

En el cielo había unos horribles cuervos negros que lo recorrían todo el tiempo. Y se veían centinelas en las azoteas, por lo que era muy difícil acercarse.
Arnoldo, se reunió con los aldeanos, los que le contaron que el malvado Marloc llegó una noche y puso preso al gobernador, tomó el mando, hechando a todos aquellos que no estuvieran de acuerdo con sus directivas. Lo secundaban sus ecuases, ratas horribles y malvadas. Que se aprovechaban del miedo de los pobladores. Muchos creen que poder es sinónimo de temor.
El pobre ratón sintió que sería muy difícil la pelea y la recuperación del pueblo, pero no se daría por vencido, hasta que Indor fuera devuelto a sus verdaderos dueños.
Instalaron su campamento y comenzaron a buscar ayuda entre los lugareños y vecinos. Lo que más los asombró fue la cantidad de gente que se enlistó para luchar. Una vez reunidos comenzaron a idear el plan de ataque.

Al día siguiente antes del alba, el capitán Arnoldo y su ejército, ingresaron lentamente al pueblo por todas las calles, cuando las ratas vieron semejante multitud algunas se rindieron, mientras que otras huyeron. Por lo que Arnoldo y su ejército se sentía felices de no que había sido necesario luchar.
Se firmó la rendición y cinco de las ratas decidieron quedarse para limpiar el pueblo y ayudar a restablecer todo. Estos eran, Marloc y cinco de su grupo, entre ellos una rata gorda y vieja, y un debilucho ratón gris, además de los dos principales Braham y Amal.
Los moradores tenían miedo pero como Arnoldo y su ejército se instalarían allí, aceptaron el trato.
Porque, ¿cómo es posible confiar en aquellos que traicionan a sus compañeros?
El pacto fue lo peor que pudieron hacer, la rata gorda y el debilucho ratón no ayudaron en nada, se quejaban, fastidiaban, sembraban intrigas en torno a Arnoldo y algunos pobladores hasta les llegaron a creer.

Cierto día hiceron creer a muchos que destituírian a Arnoldo y caería por su propia ineptitud. Los soldados estaban cansados de todo eso, más de uno quería poner en su lugar a esas dos ratas, y darle un escarmiento, aunque su capitán, siempre les decía que la justicia llegaría.

La rata gorda tenía hasta la desvergüenza de decirle en la cara al capitán cuan inútil era, y el ratón debilucho, le sonría cuando se lo cruzaba, pero seguía hablando a sus espaldas, mientras a veces lo felicitaba por los nuevos objetivos obtenidos. Por suerte nadie le creía, ya todos sabían sus antecedentes de mentiroso y timador. Además carecía de personalidad y le gustaba rodearse de desleales como él. La novia de éste, una chinchilla gorda y mal hablada, siempre se jactaba diciendo que su amado llegaría a ser tan importante como el capitán.
Pero ocurrió que el gobernador decidió poner fin a todas estas habladurías y nombró a Arnoldo capitán general del ejército de Indor, y a partir de ese momento su palabra sería ley en el poblado. Porque de esa manera afirmaría el respeto en él.
Fue día de alegría en toda la aldea, hubo fiesta y baile. Todos felicitaban al capitán recién nombrado.Y hasta la rata gorda y el debilucho fueron a saludarlo, pensando que tal vez de esa manera podrían limpiar su buen nombre y honor. Luego de sonreírles irónicamente, Arnoldo los acompañó a los límites de la ciudad y allí les comunicó que quedaban desterrados de ese lugar.
En la puerta de Indor hay una estatua de Arnoldo y su ejército. De las ratas sólo se sabe que viven en el bosque corridas de todos los lugares donde suelen ir. En toda la gran comarca conocen su historia y sus mentiras y nadie los quiere.

Y así se hizo justicia.

Fin

Nota: Este es un homenaje para un escritor que descubrí hace mucho tiempo
Brian Jacques que no pude encontrar más libros escritos en castellano, pero fue una de las mejores cosas que leí.

También los quiero invitar a aquellos que quieran pasar por el
blog: http://relatocompleto-relatocomansi.blogspot.com/ donde publicaron uno de mis cuentos: Extraño sueño.

martes, 2 de junio de 2009

Una bruja como cualquiera


Una tarde de lluvia, fría y gris me encontré con una señora con una gran verruga en el rostro y una nariz muy fea, ella estaba contando a un grupo de gente esta historia..


Dicen que las leyendas son historias que se cuentan de boca en boca.
Y saben qué? Soy parte de una de esas leyendas, porque soy una bruja. Si, de esas de los cuentos.
Hace siglos que vivo, creo que se llama inmortalidad.
He conocido muchas, las hay buenas y malas, con poderes y sin ellos, las que cobran y las que no. Las que mienten y las otras. Y están aquellas que no lo saben.

Tenemos poderes, las verdaderas.

Te podemos transformar en un sapo o en un príncipe encantado. ¿Querés una noche de ensueños? o ¿que a tu suegra le duela la panza?.
Somos todo poderosas, el poder que nos alimenta es el de aquellos que creen en nosotras.

Puedo hacer que la novia de tu ex tenga celulitis o que ese chico que amás se enamore de vos. Pero sabés ¿qué? no lo haré.

Esto de los embrujos es algo que no funciona.

No puedo traerte la luna, ni que desaparezcan todas las estrellas.

Puedo leer tu destino, pero sabrás qué pasará y entonces no tendrás sorpresas.

Si queréss desaparezco a tu jefe o te transformo en princesa, pero no, eso tampoco es bueno.

Y fue así como fuimos desapareciendo, porque tener poderes es una gran responsabilidad y no todos lo saben.

La vida es divina y divertida, para, ¿qué saber qué es lo que va a pasar? No, mejor que las cosas nos sorprendan.

¿No querés sufrir?, es parte del crecimiento.


Si le tenés bronca a alguien sólo recibirá su merecido cuando llegue el momento.

Para qué ocuparte en la nueva novia de tu ex, si con el tiempo se volverá a sus ojos fea, tonta e inútil como él te vio una vez a vos. Y si siguen juntos y se aman mejor así, tal vez no era para vos.


Así fue como fui volviéndome un ser normal.


Mis poderes no los usé más y se fueron atrofiando.
Y todo esto lo fui aprendiendo con el tiempo.
Descubrí que no se necesitan poderes para vivir.
Y que ni vos, ni nadie necesita de mí para hacer justicia. Porque la justicia divina se cumple, a veces tarda, muchas otras lleva tiempo, pero un día llega. Y no de la forma en qué vos creés, sino de formas cotidiana.


El que te lastima, lastimará a otros y un día se quedará sólo, porque los otros no son tontos, un día se caerá la máscara que tiene y quedará expuesto.

Si te han traicionado, esa persona traicionará a otros y alguien un día se va a enojar.

Todo funciona así.

Aunque no lo creas como el sol no sale ni un minuto más tarde ni uno más temprano, así el equilibrio funciona. Y aunque muchas veces creas que todo te pasa a vos. No, funciona así, es una buena y una mala. Muchas malas, muchísimas buenas y así es la vida.

Si todo fuera color de rosa, te aburrirías.

Si nosotras tratáramos de hacer algo entonces se desequilibraría el orden natural de las cosas y todo se arruinaría.

Por eso, aprendé de lo que la vida te enseña.

Si algo malo te pasa, decilo en voz alta, llegará a algún lugar y luego se hará realidad. Y si lo que te pasó es bueno entonces da las gracias muy fuerte y demostralo, también llegará.
No te olvides que así funcionan las cosas, en un sano equilibrio.

"Ratas y culebras, arañas y ponzoña, caldero de la vida devuelve todo lo que llega.
Mariposas y estrellas, nubes y tormentas, alegra cada día el sol que te calienta, patas de murciélgado, sal y vitaminas que cada día tengas alegría en tu vida"



y la bruja partio en su escoba sin rumbo fijo buscando encontrar un lugar donde seguir enseñando...


miércoles, 27 de mayo de 2009

El angel de la plaza


Una extraña tarde de otoño, de esas que el sol está tibio, y las hojas juegan carreras por la plaza, conocí a esa persona extraordinaria.
Tenía los ojos profundos, no recuerdo el color, pero ¿acaso importa? Sólo esas chispas que había en ellos, esa paz y tanta sabiduría.
A penas tenía 25 años, sentada allí como una presencia mágica.
Me miró, la miré, me sonrió y me invitó a sentarme a su lado. A veces uno sigue sus instintos, fue la primera vez en mucho tiempo que no tuve miedo de un desconocido. Bajé la guardia y sonreí.
La charla era como encontrar a alguien que hace mucho no ves, me habló de muchas cosas y de su vida, tristezas, alegrías. De cómo había llegado a esa plaza en ese instante y que me estaba esperando.
Mi asombro fue increíble, ¿cómo sabía que yo pasaría por allí? Suspiró, y volví a reir.
Habló de la vida y de cómo uno espera que todo aquello que le prometen se cumpla, de los autodidactas que nadie entiende, de las mentiras que lastiman el alma. También me dijo aquello que era verdad que si te lastiman los que te deben querer cómo confiarás en los extraños.
Crecía mi asombro, cómo podía ser que una perfecta desconocida supiera mis más profundos pensamientos y me guiñó un ojo.

- Conozco cosas tuyas que ni siquiera vos debés conocer, me dijo

No podía articular palabras, sentía mis piernas temblar como ocurre siempre que estoy nerviosa.
Y ella me miró a los ojos, con esa mirada que no voy a olvidar nunca. Y dijo:

- La vida consiste en aprender

Y creí eso que estaba detrás de las palabras, y sentí que me estaba animando a seguir creyendo en mí. Y volvió a decir:

- Nadie más que vos sabe qué pasa, dentro tuyo están las respuestas. Es verdad que aunque perdones el dolor queda, que las heridas se deben curar para poder comenzar de vuelta. Y sólo depende de vos lo feliz que seas.

No dijo más nada, me dio un caramelo ácido de esos que me gustan a mí, pero ya no me asombraba. Besó mi mejilla y se fue. La seguí con la mirada hasta que desapareció en la esquina. Sentía ganas de preguntar a los que estaban allí cerca, si era verdad, si esa persona estuvo allí o fue sólo un sueño, pero no me animé, puede que pensaran que estaba loca y la verdad, ya estoy acostumbrada a que todos vean una cosa diferente a lo que veo yo...